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Internacionales
LOS CAMBIOS DE RÁUL CASTRO
Esteban Casañas Lostal
Desde Montreal

“…¿Turistas aquí, a la ruleta? ¿Turistas
aquí, al prostíbulo? ¿Turistas a corromper?
¡No! Ninguna ganancia, ningún beneficio económico
podrá compensar en lo moral lo que el turismo yanki significó
en este país (APLAUSOS).
Casi casi podría decirse que mientras no exista socialismo
en Estados Unidos, cambio radical de mentalidad y de costumbres,
este pueblo no puede asimilar al turismo de Estados Unidos (APLAUSOS)…”
Fragmento del discurso pronunciado por Fidel Castro en la Plaza
de la Revolución el día 26 de Julio de 1972, durante
la conmemoración del XIX aniversario del asalto al cuartel
Moncada.
Desde años anteriores al pronunciamiento, Cuba era visitada
solamente por brigadas de simpatizantes con el sistema. Puede
afirmarse entonces que ese discurso, fue el resumen de todas las
medidas aplicadas por el régimen con anterioridad. No hay
dudas que el autor de la destrucción de la industria turística
del país tiene un nombre y apellidos.

Sin embargo, el servicio de hotelería se mantuvo abierto
a los nacionales hasta pocos años después. A partir
del año 1978 y en plena crisis económica provocada
por sus incursiones guerreristas de manera simultánea en
diferentes países, Castro tuvo que ceder y autorizar la
entrada de una parte de la comunidad cubana en el exterior. Apeló
sin escrúpulos a los dólares que le aportarían
sus enemigos, y no dudó en desalojar a los nacionales de
los hoteles para dar hospedaje a los “gusanos”. Aquella
situación provocó malestar en toda la nación
y fueron necesarias reuniones secretas con la militancia partidista
para calmar los ánimos.
Antes de que esa expulsión se produjera, solo un porcentaje
muy bajo de la población podía disfrutar de esos
bienes que, supuestamente le pertenecían al pueblo. Gran
parte de las habitaciones se encontraban reservadas para organismos
estatales, dirigentes y uno que otro simpatizante extranjero.
Esas habitaciones casi siempre se pagaban con boletas de organismos
e incluían tres comidas. El resto de las habitaciones eran
utilizadas mediante reservaciones de luna de miel, pícaros,
prostitutas, macetas y uno que otro trabajador con poder adquisitivo
para darse este tipo de lujos. De estos últimos y me refiero
a los trabajadores, muy pocos, poquísimos, podían
darse esos gustos vanidosos en una sociedad proletaria. Tengamos
en cuenta el salario de un médico de aquella época,
ganaba $231 pesos cubanos hasta que no hiciera una especialidad.
El salario de un ingeniero, uno de los más altos del país,
era de solo $350 pesos cubanos que, tampoco significaban mucho
cuando se deducen todos los gastos cotidianos y normales en una
familia. ¿Qué deseo reflejar en estas líneas?
Algo muy sencillo, esos servicios hoteleros y turísticos,
nunca estuvieron al alcance de un simple trabajador cuyo salario
promedio rondaba los $150 pesos cubanos en aquellos tiempos.
No hablemos solamente de los hoteles, mencionemos cabarets, restaurantes
de primera categoría, turismo nacional, etc. Es seguro
que en un país de once millones de habitantes y con poca
oferta, porque el desarrollo de esa industria se mantuvo paralizado
hasta la década del noventa, no cabe la menor duda de que
los espacios se encontraran ocupados. ¡Pero, mucho cuidado!
Siempre se mantuvieron disponibilidades para la venta en el mercado
negro y por “socialismo”. En resumen, nada de eso
estuvo al alcance de un simple trabajador, quienes eran sometidos
a infinitos sacrificios y ahorros exhaustivos durante años
para celebrarle los “quince” a sus hijas. Con el “período
especial”, la crisis económica del régimen
experimentó su peor momento y todos esos espacios fueron
vedados a los nacionales. Considerada esa medida discriminatoria
el peor apartheid sufrido en la isla a través de toda su
historia.
Recientemente, Raúl Castro ha suspendido algunas de esas
medidas prohibitivas. Los expertos politólogos que se encargan
de todos los pronósticos y predicciones que pesan sobre
el pueblo cubano, se atreven a mencionar la palabra “cambio”.
Busca con esas medidas brindar una imagen benevolente o dulcificada
de una sucesión al trono, realizada sin una verdadera consulta
popular con clara tendencia a la perpetuidad.
La situación es mucho peor que aquellos años narrados
con anterioridad, donde el pueblo podía enfrentar sus necesidades
con la moneda nacional. Hoy, existen oficialmente dos de ellas,
una fuerte y la nuestra, cuyo valor es casi similar al del papel
sanitario. Un trabajador promedio gana en moneda convertible (fuerte),
un promedio de 13 a 17 chavitos, como se conoce en el argot popular.
Si tenemos en cuenta que una habitación en el Hotel Nacional
tiene un costo de $177 de esos chavitos, un cubano normal requiere
de diez meses de trabajo para pagarse un solo día con derecho
a desayuno solamente. Por supuesto, existen otros hoteles mucho
más baratos y de menor categoría, pero todos se
encuentran fuera de las posibilidades del ciudadano común.
Lo mismo ha ocurrido con la liberación de ciertos efectos
electrodomésticos, al alcance de los que tengan ingresos
en monedas fuertes o familiares en el extranjero. Vale una pregunta,
¿será capaz de soportar el exilio estos gastos?
Nada ha marchado bien en medio siglo, tiempo transcurrido para
llevar a nuestro país a niveles de pobrezas que solo experimentan
países cuarto mundistas. El mito de la excelencia de su
sistema educacional, ha sido cuestionado en el reciente congreso
de intelectuales. El sistema de salud, principal pantalla política
explotada hasta la saciedad, es incapaz de satisfacer las necesidades
del pueblo y se encuentra en estado comatoso. Aún así,
el régimen sacrifica aún más a los nacionales
y exporta a sus médicos. En fin, ya llegamos al futuro
que le anunciaron a mi generación. Aquellos jóvenes
del 78, gastaron horas parados frente a las vidrieras cuando comenzaron
las transmisiones de la tv a color, ninguno pudo tener aquellos
televisores. Hoy, entrarán a las tiendas y se pararán
frente a esos equipos con la misma inocencia. Ya comenzaron a
venderles “futuro” nuevamente.
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