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Crónicas y Perspectivas
El ocaso de los dictadores
Por Steve Cannon
AP
Pinochet ha muerto. Castro está a punto. Cual de
los dos peor.
Sin embargo la gran prensa se niega a equipararlos. Mientras a
uno lo califica de dictador, al otro le sigue llamado presidente.
Lo primero está bien, lo segundo no. La discusión
no es frívola. Debajo de esa guerra de calificativos late
una polémica seria y profunda. Se trata de un tema ético:
no se puede apoyar a ninguna dictadura, ni de derecha ni de izquierda.
A ninguna.
Juan Manuel Cao Periodista del Canal 41 - Miami
Los demócratas cubanos hemos tenido que sufrir, además
de nuestra tiranía correspondiente, la complicidad y la
traición de medio mundo. Los demócratas chilenos
han contado con la solidaridad que nos ha faltado a nosotros.
Esa es una diferencia injustificable.
Cuando algunos exiliados cubanos celebraron la enfermedad de su
déspota, se les acusó de insensibles. Poco se ha
dicho, y se dirá, contra quienes descorcharon el champán
para brindar por la muerte del déspota chileno.
Doble
rasero.
Por Pinochet no hubo duelo nacional. Buena idea. Por la muerte
de Gladys Marín se decretaron dos días de luto oficial.
Mala decisión. La compañera Gladys, presidenta del
Partido Comunista chileno, fue cómplice de su amigo Fidel
Castro en unas cuantas aventuras antidemocráticas.
Castro, por supuesto, tendrá no dos, sino cien días
de duelo interminable y largas filas de dolientes, y todo el llanto
y las ceremonias correspondientes. No lo duden. El comunismo,
como toda religión, es muy ceremonioso. Y tal vez, como
amenaza el rumor, hasta lo embalsaman para mortificación
eterna. Y allí estarán aquellos que sólo
quieren ver una faz del oprobio, desfilando ante la momia. Los
argentinos tuvieron el valor de sepultar la suya. Los rusos no
han podido. Los egipcios, que están de vuelta de la historia,
hacen lo contrario: las desentierran.
En fin, que con la muerte de Pinochet los chilenos cierran un
capítulo de su historia. Los cubanos tendremos que seguir
esperando. Más allá de la muerte.
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