|
Reflexiones
La amarga lección de Colombia y Cuba
Por Asdrúbal Caner
Ottawa. (especial para NPL)
Insistir e insistir en las veredas del fracaso sólo puede
ser una consecuencia de la insensatez humana, o la arrogancia
y la soberbia, o ambas juntas construyendo lenta y silenciosamente,
el camino de la debacle social.
¡Oh, la sublime, la supina ignorancia!
En los últimos cincuenta años, cuando en los organismos
internacionales se habla de América Latina, son comunes
los conceptos de décadas perdidas, políticas fracasadas,
crisis financieras, modelos fracasados, inestabilidad monetaria,
escasa inversión e invención, etc., etc.
¿Cómo es posible que un mercado de más de
400 millones de personas y desesperadas por trabajar y consumir,
no logre estabilizar un modelo de desarrollo económico
sostenible y socialmente solidario?
¿Qué nos enseñan Colombia y Cuba, por ejemplo?
Enseñan dos cosas esenciales, para quienes quieren emprender
los caminos de la estabilidad económica y social: el modelo
oligárquico-familiar de Colombia y el modelo comunista
de Cuba, no traen ni riqueza familiar, ni desarrollo económico-social,
ni esperanzas.
Uno es la madre de la desigualdad extrema, la violencia social
y las guerrillas; el otro, la miseria in extremis, con represión,
terror, fusilamientos, asesinatos políticos y toda la barbarie
del festín orweliano.
¿Hay, pues, algún otro camino para América
Latina? Sí. el camino de la democracia, la libertad individual,
la economía de mercado y la solidaridad social.
Alguien pudiera decir que esas son palabras muy bonitas: hemos
tenido economía capitalista y "democracia" durante
los últimos doscientos años y no hemos logrado economía
y sociedades verdaderamente sostenibles. Y es verdad.
Pero no es toda la verdad: ha faltado la solidaridad social y
ha sobrado el más abyecto egoísmo, además
de no haber existido una real democracia.
Alguien también pudiera "oler" en estas palabras
algún tufo comunistoide, pero no. No hablo del fraudulento
cinismo de la "igualdad" comunista. Hablo de la solidaridad
social de la modernidad, que se ejerce en la mayoría de
los países europeos y Canadá. Y no tengo nada en
contra del egoísmo personal razonable que impulsa a las
más grandes proezas del hombre.
Pongo el caso de Colombia, pero, no es que tenga una particular
delectación por la situación colombiana: la miseria,
la desigualdad y la violencia pueden tener otros apellidos. Pueden
ser, por ejemplo, mexicanas, guatemaltecas, ecuatorianas, venezolanas,
bolivianas, peruanas, dominicanas, etc. Es un mismo modelo. Un
modelo no sólo económico sino político y
social. Una mezcla de la estrechez y el furibundo egoísmo
del negocio familiar español con la subordinación
a la voracidad sin fronteras de las grandes corporaciones transnacionales.
Pero Colombia es la continuidad de la violencia, un Macondo con
más de ciento cincuenta años de soledad que aún
no termina, y por eso le cito.
Un modelo en el cual hay un único perdedor: todo un país
y su pueblo. Y un único ganador: la oligarquía y
las corporaciones transfronterizas. (Si alguien ve alguna semejanza
con el significado cubano de la palabra "fronterizo",
no es pura coincidencia)
En pareja medida marcha el modelo de dominación política
de nuestras naciones: todo está en función de la
buena marcha de il negocio oligárquico-transnacional. Paz
en la tierra y en el cielo gloria.
Pero, nada, la gente se cansa, pierde la compostura y se lanza
a las más ridículas y peregrinas creencias. Es aquí
cuando aparecen los "Mesías" del alboroto revolucionario,
llámense, Fidel, Che, Chávez, Marcos o Evo. El discurso
incendiario y populista en bandolera, el gatillo muy alegre y
la más supina ignorancia a guisa de manual o Biblia de
cabecera. Y comienza la profunda espiral de la debacle, una solitaria
y larga marcha a través de las escarpadas montañas
del fracaso: es el nacimiento de los Estados Perdidos (EP) o Naciones
Fracasadas (NF), cuya lista se agranda cada día más
en África, el Medio Oriente y América Latina.
Pobreza, terrorismo, desastre ecológico, guerras entre
culturas, inestabilidad política, inseguridad financiera:
son tantos los problemas del mundo, que nadie le hace caso si
uno de estos Mesías impostores se lanza al abismo y arrastra
tras de sí a su propio pueblo. Nadie moverá un dedo.
De vez en cuando, alguna protesta muy comedida y diplomática
contra alguna violación de derechos humanos. Nadie quiere
ser blanco de las ofensas y vulgaridades de la incontinencia verbal
de estos pestilentes sátrapas al estilo de Fidel Castro
o Chávez.
A América Latina hay que reinventarla. Pero no con "Revoluciones"
sino con un modelo sabio, optimista y creíble, basado en
la economía de mercado con solidaridad social y una democracia
realmente popular.
Hablo de una economía de mercado que propicie la riqueza
y el bienestar de toda la sociedad, aunque esto no signifique
un bienestar igualitario para todos sus miembros; sino, en correspondencia
con la libertad económica y las posibilidades de cada cual.
Una economía de mercado que sea capaz de poner en función
de la sociedad, a la inversión nacional y extranjera y,
un Estado que garantice una sabia redistribución de la
riqueza creada: eso es lo que necesitamos. Para ser creíble,
el desarrollo y la riqueza, tienen que tocar en alguna medida,
a todos los segmentos poblacionales. Ni el egoísmo extremo
ni la distribución igualitaria lo podrán lograr.
Lo único que pueden generar las llamadas "revoluciones",
utopía sangrienta de la izquierda radical, son la globalización
de la pobreza, una larga estela de asesinatos políticos,
el terror generalizado y un abrupto regreso a los tiempos medievales.
Una revolución, al estilo de la castrista o la chavista,
jamás generará riquezas, factibilidad económica
o justicia social, y mucho menos gobiernos democráticos.
Si en 1792 Arango y Parreño comenzó su "Discurso
sobre la agricultura de La Habana y medio de fomentarla"
con estas amargas palabras: "Nada es tan falible y equívoco,
como las esperanzas humanas", ciento sesenta y nueve años
después apareció un "Mesías" que
ha convertido la Isla en una prisión-laberinto, desnutrida
y sin la más falible o equivoca esperanza. Para locos charlatanes
y arrogantes siempre habrá un desenfrenado Minotauro.
Por otra parte, no es tampoco el regreso a la economía
liberal la que puede cubrir las necesidades básicas del
hombre moderno. La concepción liberal considera a la economía
de mercado como un mecanismo capaz por sí solo de redistribuir
la riqueza social. Pero no ha sido así: las leyes del mercado
trabajan al azar, redistribuyendo la riqueza de una forma desproporcionadamente
desigual y, por consiguiente, generando riquezas y pobrezas extremas,
empleos y desempleos, justicias e injusticias, inestabilidad financiera
y crisis, paz y violencias. No estamos en 1762. Hay que crear
un Estado económicamente factible y socialmente responsable
de cada uno de sus ciudadanos. Sí, de cada uno de sus ciudadanos.
En una economía globalizada y cada vez más interdependiente,
no son sólo las fuerzas productivas nacionales las que
determinan el bienestar social. Hay muchas fuerzas exógenas
que no tienen como prioridad esencial los intereses nacionales
de un estado. Sus prioridades son las ganancias y riquezas para
sus accionistas y sus países respectivos. En tal sentido,
una comedida y estudiada intervención estatal sería
bienvenida por cada uno de los ciudadanos de nuestras naciones,
después de cientos de años de frustración
y descontento.
Arriba |