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Cultura y Educación
Mi ciudad perdida
Por Ninoska Pérez Castellón
(Tomado de Diario de Las Americas)
No hay otros paraísos que los paraísos
perdidos. -Jorge Luis Borges
Recuerdo con precisión la primera vez que leí el
ensayo de Scott Fitzgerald, My Lost City. Aunque fue fácil
reconocerme en su nostalgia, el Nueva York y la época que
el añoraba me eran ajenos totalmente. Fue hasta que llegué
a la siguiente frase: “Se pierde todo, menos los recuerdos”
que empecé a llorar. Comprendí a cabalidad que mi
ciudad perdida, la adorada Habana de mi niñez, existiría
mientras luchara por retenerla en mis recuerdos.
Para el exiliado los recuerdos se constituyen en la esencia misma
de su existencia. Para los cubano-americanos, ya sean los que
vinimos de niños o nacimos aquí, nuestros recuerdos
son, en gran parte, recreados. Generalmente lo logramos en largas
sobremesas o a través de historias contadas por padres,
abuelos y tíos. Nos aferramos a viejas fotografías
que con el tiempo son, cada vez más, las memorias de un
mundo que alguna vez existió y hoy es sólo una ilusión.
La
Habana de mis sueños era una ciudad de luces. No la de
llamativos anuncios lumínicos que abundaban por doquier.
Yo recuerdo la luz de un sol quemante, brillante, que se deslizaba
por las rendijas de las persianas de madera y le daba aun más
intensidad a los colores de los vitrales de viejos ventanales.
El atardecer brillaba con un resplandor ámbar que poseía
el calor y la familiaridad de un prolongado abrazo. Al escuchar
las palabras, "La Habana nunca ha conocido la oscuridad al
mediodía", pronunciadas por el patriarca de los Fellove
en el film de Andy García, The Lost City, regresaron de
nuevo las lágrimas. Era la sentencia inapelable.
Una revolución, deshumanizada, había herido a La
Habana de muerte. Hay quienes dicen que la vida está compuesta
de sueños, aunque muy pocos se atreven a convertirlos en
realidad. Durante años, Andy García llevó
el libreto de Guillermo Cabrera Infante a cuanto studio encontró
en Hollywood sin que el rechazo lograra desanimarlo. Insistió
por años, convencido que su película era su lucha
personal por aferrarse al alma de su pueblo.
The Lost City, es una historia épica. Guillermo Cabrera
Infante se propuso escribir un guión, pero su pasión
por La Habana le hizo escribir un poema. Andy García, se
atrevió a convertir el poema en un film. Y como todo gran
poema nos sacude. Nos hace temblar de emoción. Las penas
de los actores se convierten en nuestras. El amor nos conmueve
irremediablemente. Es ese amor que surge una sola vez en la vida
y jamás se logra olvidar. Es la trágica historia
de dos personas que se aman desesperadamente, pero el tiempo se
niega a estar de su parte.
Un amor que como la marea, nunca cesa, regresando a la orilla
para acariciarla, o para castigarla con la furia intensa de la
traición. The Lost City es la historia de una familia que
fue víctima de la convulsión política de
su tiempo. De una revolución que enfrentó a hermano
contra hermano.
Una historia que todo cubano conoce demasiado bien. La reconocemos
en el dolor de dejar atrás todo lo que una vez amamos.
En la luz que añoramos, en la intensidad de los colores
que se desvanecieron y en la suave brisa que aun nos acaricia
cuando cerramos los ojos. The Lost City no es ficción.
Es tan real como las experiencias vividas por generaciones de
cubanos en los últimos cincuenta años. Es la historia
de un mundo que se desmoronó ante nuestros asombrados ojos.
Es la profunda pena de ese último adiós, que aunque
pudo haber sido temporal, se convirtió en algo tan permanente
como la muerte. Es la maldad que destruyó a tantas familias.
Pero es también la resistencia de un pueblo que no se dejó
aplastar por el odio y las ambiciones de los tiranos.
Afortunadamente, The Lost City es también una aclaración
histórica. Destruye mitos como el Che Guevara. Un asesino
a sangre fría cuyas victimas fueron tan reales como los
son sus familiares, que aun viven para recordarnos de sus crímenes
y de la poca sensibilidad de quienes portan su patético
rostro en camisetas o en las esferas de relojes como si fuera
Mickey Mouse. Gracias, Andy. Gracias por serle fiel a tus raíces,
aunque algunos pretendan hacerte creer que no están de
moda la integridad y el valor. Gracias por los extraordinarios
sonidos de la música, por la poesía del apóstol.
Por darle vida a nuestra ciudad perdida. Una ciudad que siempre
recrearemos en nuestros sueños y preservaremos en nuestros
recuerdos con la ternura de niños solitarios que jamás
dejaremos de ser. Eternos refugiados, que a pesar de la generosidad
de América, siempre llevaremos en nuestras almas, la carga
agridulce de una ciudad perdida.
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